domingo, 19 de noviembre de 2017

El sexismo se aprende desde la infancia, la igualdad también.


El 25 de noviembre se celebra el DÍA INTERNACIONAL CONTRA LA VIOLENCIA DE GÉNERO. Se eligió esta fecha para conmemorar el violento asesinato de las hermanas Mirabal (Patria, Minerva y María Teresa), tres activistas políticas asesinadas el 25 de noviembre de 1960 por la policía secreta del dictador Rafael Trujillo en la República Dominicana. En 1999, la ONU dio carácter oficial a esta fecha.

Los derechos humanos son universales y la violencia contra las mujeres ha hecho universales los abusos contra los derechos humanos. Las mujeres, pese a ser de diferentes países, tener distinta religión, cultura y origen social, están unidas por un denominador común: la violencia, a menudo perpetrada por el Estado o por grupos armados, por la comunidad en la que viven o por su propia familia”. Palabras de Irene Khan, Secretaria General de Amnistía Internacional.

La violencia contra las mujeres y niñas en todas sus formas –violencia sexual, maltrato, mutilación genital, muertes violentas, acoso en redes sociales– es la violación de derechos humanos más intensa y transversal ya que está en todos los países, culturas y clases sociales. La trata con fines de explotación sexual afecta especialmente a mujeres y niñas, que caen en esas redes mediante engaño, coacción o violencia. Y ya no hablemos de los conflictos armados y el auge del extremismo violento, en el que las mujeres y niñas son las víctimas invisibles, violadas, reclutadas, secuestradas, utilizadas como escudos humanos o en atentados suicidas, explotadas como esclavas sexuales, obligadas a contraer matrimonio forzado, vendidas o entregadas como “regalo” a los combatientes. Como en Nigeria, donde el grupo armado Boko Haram ha secuestrado al menos a 2.000 mujeres y niñas desde principios de 2014. Pero también ha sucedido en Irak, en Colombia o en Bosnia Herzegovina.

La discriminación de género lo que pretende y ha pretendido siempre es convertir a las mujeres en ciudadanas de segunda, limitar su autonomía, su poder de decisión, su acceso a la justicia, a la educación, a la salud y a los recursos económicos. Y lo más flagrante es que cuando se atreven a defender sus derechos son perseguidas, amenazadas, agredidas y no pocas pagan y han pagado con su vida.

En España los juzgados recibieron, en el segundo trimestre de 2017, un total de 42.689 denuncias por violencia de género, lo que supone un incremento interanual del 18%, según la estadística publicada el 23 de octubre por el Poder Judicial. Un total de 44 mujeres han sido asesinadas por sus parejas o exparejas en 2017, lo que supone siete víctimas por violencia de género más que hace un año, según datos del Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, actualizados a fecha 23 de octubre. Otro dato significativo y horrendo es que el 2017 está siendo el año con más niños asesinados por violencia de género, la cifra más alta desde el año 2010 según los datos provisionales oficiales actualizados el 10 de octubre.

¿Hasta cuándo persistirá este vergonzoso comportamiento humano?

Sorprende leer dos de las conclusiones extraídas del Barómetro 2017 del ProyectoScopio, elaborado por el Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud, que tras entrevistar a 1.247 jóvenes de 15 a 29 años el pasado mes de abril, el 27,4% de los jóvenes cree que la violencia machista es “una conducta normal” en el seno de una pareja. El 31,5% cree que es un problema que aumenta progresivamente por culpa de la población inmigrante. El 21,2% considera que la violencia machista es un tema politizado que se exagera, y casi un 7% cree que es “un problema inevitable”, un mal menor que siempre ha existido. Y estas opiniones se dan a pesar de las elevadas cifras de mujeres asesinadas que llevamos ya éste año 2017.

Si bien es cierto que en las últimas décadas algunos países europeos como España han avanzado en políticas de igualdad de derechos, todavía es habitual que se ponga en duda a las mujeres que son víctimas de agresiones sexuales, culpabilizándolas por ser “incautas”, “imprudentes”, “manipuladoras” o “vengativas”. Esta es la cultura machista que utiliza el cuerpo de la mujer como medio de poder, pues no son pocos los hombres que no quieren entender que un NO es un NO ya sea tu mujer, tu novia, tu amante, tu amiga o la vecina de arriba. Y es que por desgracia una buena parte de la población tiene muy arraigada una serie de prejuicios o actitudes machistas que se siguen reproduciendo generación tras generación, por eso es tan fundamental, tan imprescindible un cambio significativo en el sistema educativo familiar y escolar si queremos prevenir todas las formas de discriminación y de violencia contra la mujer, pues considero que en los valores que se transmite no cabe duda que está la raíz de casi todos los conflictos humanos. 
Maite García Romero

lunes, 11 de septiembre de 2017

MEDIOS DE COMUNICACIÓN ¿MEDIOS DE MANIPULACIÓN?



Cada vez resulta más complicado encontrar una información veraz y objetiva de una noticia. Actualmente muchos periodistas con acceso a grandes medios y a los debates de gran audiencia son cómplices por conveniencia de esos mismos delitos que han convertido la política española en una auténtica vergüenza. Para ciertos medios es más favorable no difundir de manera fehaciente la altísima corrupción que existe en España. ¿Para qué darle más bombo? ¿Qué se va a conseguir con ello? ¿No es mejor ilusionar a la gente y decirles que la economía española está en la dirección actual de crecimiento, de creación de empleo, y que en muy poco tiempo se pondrá en marcha una bajada de impuestos? ¿No es mejor decirles que se han frenado los desahucios gracias a las medidas del Gobierno y que el poder adquisitivo de los pensionistas se está recuperando gracias a los logros económicos del PP? ¿No es mejor ser optimista que realista?

      Son muchos los medios que distorsionan la realidad de un acontecimiento para utilizarla como estrategia ideológica o política. Lo más preocupante es que ni siquiera los periodistas se creen lo que escriben, pues, como mercenarios de las letras, la mayoría simplemente se limita a plasmar en sus columnas lo que sus directores políticos les señalan, disfrazando y pervirtiendo los acontecimientos para utilizarlos como estrategia política o ideológica, a tal punto que una misma noticia puede ser narrada de dos maneras diametralmente opuestas dependiendo de la línea editorial. Esto es especialmente grave ya que el valor de la noticia es sustituido subrepticiamente por el valor de la interpretación. La noticia pierde entonces todo su significado para convertirse en una mediocre bufonada, una caricatura de la realidad. Igualmente preocupante es el hecho de que muchos de los lectores no quieren conocer la verdad para no verse en la obligación de cuestionar sus propios ideales. Antes que enfrentarse a la dolorosa realidad de los hechos prefieren creer en cualquier trama conspiranoica ideada por algún periodista de tercera fila sediento de notoriedad.

      Condenan con frivolidad esperpéntica a los “antisistemas”, ignorando que todo español decente es hoy un antisistema, ya que para estar con este sistema es necesario estar al margen de la Constitución, de la Ley de Derechos Humanos y ser testigo silencioso de los abusos, arbitrariedades y delitos que comete habitualmente la clase dirigente, todos ellos tolerados y amparados por un sistema que ellos mismos han edificado y blindado para mantenerse relativamente seguros.

      Ninguno de esos periodistas más o menos sometidos, que pululan como abejorros por los debates televisivos, se atreve a hablar de la gran verdad oculta y prohibida: que España no es un país democrático. Las leyes de igualdad no funcionan en la práctica y no hay apenas interacción entre la clase política y la sociedad, ni siquiera cuando las encuestas muestran el profundo malestar de la ciudadanía. Para el político, el ciudadano solo es necesario cada vez que se acercan unas elecciones. Entonces la estrategia está servida: “Más vale malo conocido que horrible por conocer”. Pues bien han aprendido que no hay mejor política que la del miedo: “Sí, nosotros podemos ser mediocres, pero los otros son auténticos monstruos”. Cuanto peor vayan las cosas, mayor será la dosis del miedo. Y de nuevo vuelta a las promesas y al optimismo, pues como dice el dicho “la esperanza es lo último que se pierde”. Parece que esta estrategia les funciona muy bien porque una buena parte de la sociedad todavía no se ha olido la trampa. Pero tiempo al tiempo.

       Por desgracia no existe una sociedad civil fuerte que sirva como contrapeso al poder del Estado. Ni siquiera las elecciones son realmente libres, ya que no son los ciudadanos sino los partidos los que eligen y elaboran las listas cerradas. No existe una Justicia eficaz que sea capaz de castigar a los delincuentes del poder, prácticamente impunes si pertenecen a las mismas filas de la clase dirigente; ni está garantizada la información veraz al ciudadano y la fiscalización de la política, principios indispensables que la democracia encomienda al periodismo, pues está demostrado que España carece de una prensa democrática y la mayoría de los medios están “comprados” o sometidos al poder político. De ser un importante medio informativo, el periodismo se convierte en una mala literatura de ficción donde cada cual encuentra un respaldo a sus miedos y prejuicios. Esto crea un ambiente enrarecido de paranoia social que puede dar lugar a graves enfrentamientos, como nos ha demostrado la historia.

Julian Assange, fundador, editor de WikiLeaks, decía que: «Una de las cosas que suscita esperanza, que he descubierto, es que casi cada guerra que fue generada en los últimos 50 años fue el resultado de los engaños de los medios de comunicación, y que estos medios pudieron pararlas si hubieran indagado adecuadamente en los asuntos. Pero ¿qué significa eso? Significa básicamente que la gente no es propensa a las guerras y debe ser engañada para ser involucrada en ellas. Si los medios de comunicación crean un buen ambiente, esto conducirá a un mejor ambiente para todos».


Maite García Romero

sábado, 26 de agosto de 2017

¡No a un mundo atrincherado en el miedo!


En la agenda política mundial se ha implantado, a una escala nunca vista, la retórica tóxica y deshumanizadora del “nosotros contra ellos” o los discursos de culpa, odio y miedo, que está creando un mundo cada vez más dividido y peligroso. El discurso xenófobo que destacó la campaña de Donald Trump, ya dejó vislumbrar estas políticas adversas para los derechos humanos y que, como era de esperar, nada más llegar a la presidencia de Estados Unidos empezó a materializarse.
La retórica de odio ha tenido y está teniendo un peligroso y amplio impacto en las políticas hasta el punto de que se ha convertido en una peligrosa fuerza en los asuntos del mundo. La geografía de las violaciones de derechos humanos alcanza todos los rincones del mapa.
En 2016 Amnistía Internacional documentó campañas masivas de represión en China, con medidas muy duras contra activistas, juristas y sus familiares. Lo mismo que en Tailandia, India, Irán, Egipto, Etiopía, donde son cada vez mayores los recortes en la libertad de expresión, reprimiendo duramente cualquier disidencia. Un ejemplo lo tenemos en Turquía, donde el golpe fallido fue seguido de decenas de miles de encarcelamientos, la suspensión de cientos de ONG y más de 130 cierres de medios de comunicación. Y ya no hablemos de Arabia Saudí, implacable con los activistas de derechos humanos, liderando por cierto la coalición que cometió los presuntos crímenes de guerra en Yemen al bombardear escuelas, hospitales, mercados y mezquitas, causando miles de muerte de civiles. Pero los mayores focos se han dirigido a Siria, donde los crímenes de guerra y los gravísimos abusos de derechos humanos -documentados detalladamente por múltiples informes de Amnistía Internacional– permanecen impunes y donde sigue pendiente una solución política al conflicto, que desde 2011 ha costado más de 300.000 muertes, 4,8 millones de personas refugiadas y 6,6 millones desplazados.
Siria y Yemen son sólo dos ejemplos de la escasa voluntad política para abordar otras gravísimas crisis sin resolver, como las de Libia, Sudán y Sudán del Sur, donde el hambre se utiliza como arma de guerra. Y lo más grave de todo esto es que incluso los Estados que afirmaban defender derechos en otros países, están ahora demasiado ocupados en restringirlos internamente como para pedir cuentas a los demás. ¿Cómo ha respondido la comunidad internacional ante las incontables atrocidades de 2016, como fueron los bombardeos de hospitales, escuelas, mercados y mezquitas que causaron miles de muerte de civiles en Siria y Yemen o, el uso de armas químicas en Darfur (Sudán) o las miles de muertes causadas por la policía en Filipina? Con un ensordecedor silencio. Así es como ha respondido.
Y en España, inercia. Hasta el pasado 5 de mayo ha acogido menos del diez por ciento de la cifra comprometida en 2015 por el Gobierno español, hasta el próximo mes de septiembre de 17.337 refugiados. A esto se suman las expulsiones colectivas en las fronteras de Ceuta y Melilla, y la situación de las personas refugiadas en estos enclaves donde no existen derechos para ellas.
·         En la violencia de género ha prevalecido una pérdida de prioridad política que se ha visto reflejada en el enorme descenso presupuestario entre 2007 y 2015 ligeramente corregido en 2016. En lo que va de año, 32 mujeres y seis menores han sido asesinados. Los maltratadores han dejado también 16 huérfanos de menos de 18 años. Los datos son peores que hace un año. El 25 del pasado mes de julio, al parecer, los grupos políticos han dejado de un lado sus diferencias para consensuar el primer gran acuerdo político de la legislatura. El pacto alcanzado contempla medidas para prevenir la violencia machista desde el colegio, ampliar la protección y cambiar los criterios de acreditación de las víctimas para incluir a aquellas que aún no han interpuesto denuncia y garantizar su seguridad y la de sus hijos. Pero ¡ojo! en 2004 el Congreso aprobó por unanimidad la ley integral contra la violencia de género. El presidente Zapatero, todo optimista, afirmó que la norma sería un “poderoso instrumento para derrotar al machismo criminal” Una explosión de aplausos recorrieron los escaños del PSOE. A día de hoy, han sido asesinadas más de 800 mujeres.
·         Ambigüedad de la legislación antiterrorista que abre la puerta al uso del delito de enaltecimiento del terrorismo para procesar a personas que ejercen su libertad de expresión, pacíficamente, como fue el caso de los dos titiriteros de la compañía Títeres desde abajo o al cantante César Strawberry. En 2016 la Audiencia Nacional dictó al menos 36 sentencias por “enaltecimiento del terrorismo”, la mayoría de ellas dentro de la denominada “operación araña” (operación desarrollada por la Guardia Civil de España para perseguir el enaltecimiento del terrorismo en las redes sociales, particularmente en Facebook y Twitter). Además, la última reforma del Código Penal establece una definición tan amplia y vaga del delito de terrorismo, que algunos derechos como la libertad de expresión o reunión podrían verse reprimidos.
·         Posible impunidad de la tortura y otros malos tratos incluido el uso desproporcionado de la fuerza por los cuerpos de seguridad. Preocupación compartida por el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, que ha reprochado a España que no investigue de manera eficaz y exhaustiva las denuncias de personas detenidas e incomunicadas.
Está demostrado que lo único que importa o interesa, políticamente, es buscar “culpables” ante problemas económicos y de seguridad y de paso, por supuesto, ganar votos o aferrarse al poder. Y esto resulta más que evidente, sobre todo, en las políticas de muchos países para esquivar su responsabilidad con las personas refugiadas. Estas personas que están siendo el primer blanco de los ataques perpetrados por motivos de raza, género, nacionalidad y religión.
Por lo tanto, ante la falta de compromisos de los Estados, rechacemos los discursos de odio y la retórica del miedo y movilicémonos para presionar a los gobiernos a que respeten y defiendan los derechos humanos. Es en estas épocas tan difíciles cuando más falta hace voces valientes que se alcen contra la injusticia y la represión. Hagámoslo.

 Maite García Romero



miércoles, 7 de diciembre de 2016

El lastimoso ejemplo de Europa en la acogida de refugiados



Amnistía Internacional, en una nueva investigación llevada a cabo el pasado mes de noviembre a los Centros de Estancia Temporal para inmigrantes en Ceuta y Melilla, denuncia hasta ocho tipo de transgresiones. Se están llevando a cabo expulsiones sumarias en la frontera incluso en ocasiones hasta de gente herida; existe abusos policiales; sobreocupación que en ocasiones ha llevado al hacinamiento; falta de módulos familiares; falta de acceso a información; falta de condiciones adecuadas, especialmente para las víctimas de trata, de violencia de género, personas con discapacidad o personas del colectivo LGBTI.

      "Sobre la una de la tarde llegó la Cruz Roja, pero yo había perdido muchísima sangre", explica Muhamed, de 20 años y procedente de Guinea Conakri, que permaneció encaramado en la segunda valla de Ceuta durante siete horas, con una herida en la muñeca derecha provocada por la concertina. "Veía mi propio nervio, gritaba a la Guardia Civil que estaba herido y les enseñaba mi brazo envuelto en un torniquete con mi camiseta, pero nadie me hacía caso", relata este joven que más tarde tuvo que ser operado y ha perdido movilidad en la mano.
      Es de suponer que el grado de civilización y de espíritu humanitario de una sociedad se mide por la forma como acoge y convive con los diferentes. Sin embargo, bajo este aspecto, Europa nos ofrece un ejemplo tan lastimoso que raya en la barbarie. Solamente el conflicto sirio ha provocado 4 millones de desplazados. Y como dice Salil Shetty, secretario general de Amnistía Internacional, el 86 por ciento de la población refugiada se encuentra en países de ingreso medio y bajo. “El problema no es la cantidad de personas refugiadas que hay en todo el mundo, sino que mucho de los países más ricos son los que menos refugiados acogen y los que menos hacen”.
      Si los países desarrollados asumieran su responsabilidad con voluntad política y espíritu de cooperación, sería posible garantizar a las personas que han tenido que huir de sus hogares un lugar seguro donde rehacer sus vidas. Pero no, la situación actual ofrece la cara opuesta, gran parte del mundo rico se empeña en mantener a las personas refugiadas “fuera” con barreras, blindando fronteras, incluso con muros y vallas o pagando a los países de origen y tránsito para “externalizar” allí los controles migratorios. Sobran ejemplos: ahí tenemos al gobierno filofascista de Viktor Orbán de Hungría que ha declarado la guerra a los refugiados tomando una medida perversa e inhumana como ha sido construir una cerca de alambre de púas de cuatro metros de altura a lo largo de toda la frontera con Serbia, para impedir la llegada de los que vienen del Medio Oriente. Eso sí, Hungría busca trabajadores extranjeros, por supuesto, pero blancos y cristianos. De la misma manera, los gobiernos de Eslovaquia y de Polonia han declarado que solamente aceptarían a refugiados cristianos.
     Otro ejemplo sería la Operación Fronteras Soberanas de Australia que intenta impedir militarmente la entrada de personas a bordo de embarcaciones aunque sean refugiados o solicitantes de asilo. Los que consiguen entrar acaban recluidos en condiciones deplorables en centros ubicados en otros países, bajo gestión australiana. La estrategia de pactos oscuros, o mejor dicho ilegales, de la Unión Europea con países como Turquía, Libia y Sudán, trata de “alejar” el problema aunque con ello se esté exacerbando los malos tratos generalizados y la detención indefinida en terribles condiciones que sufren miles de personas refugiadas y migrantes.
      Solo en este año cruzaron el Mediterráneo cerca de 300.000 personas entre migrantes y refugiados buscando un poco de paz en Europa. Pero la acogida que les brinda una gran parte de esta “benefactora” Europa cuyo mayor límite de la cultura es su arrogancia, la pretensión de ser la más elevada del mundo, la de tener la mejor forma de gobierno, la mejor conciencia de los derechos, la creadora de la filosofía y de la tecnociencia y, como si eso no bastase, la portadora de la única religión verdadera: el cristianismo; es una acogida tan cargada de mala voluntad e insensibilidad, que incita a la población de ideologías fascistoides y xenófobas a violentas manifestaciones.
      El próximo 6 de febrero se cumplirá dos años de la muerte en el mar de quince jóvenes en la playa de El Tarajal. Ahí están las imágenes de la controvertida intervención de la Guardia Civil. Y ahí está también la falta de resolución. La juez considera que los inmigrantes “asumieron el riesgo y que las “devoluciones en caliente” eran prácticas impuesta por el Ministerio.
      Me pregunto: ¿acaso los derechos humanos tienen frontera? ¿Acaso estas personas refugiadas y emigrantes que por diversos motivos se encuentran en situación muy vulnerables y necesitan una reubicación urgente no son seres humanos también? ¡Cuántos derechos humanos han sido acuchillados con vergonzosas vallas en las fronteras! ¡Cuántos niños han quedado ahogados para siempre en las costas del Mediterráneo!
      Posiblemente algún día la historia juzgará duramente a los Estados Miembros de la Unión Europea por esta pésima gestión que se está llevando a cabo con la crisis de refugiados.
      Promovamos el derecho de las personas a la libre movilidad como establece la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Levantemos nuestras voces por un mundo compartido, sin muro. Un mundo digno para la humanidad.

       Maite García  Romero
      

miércoles, 9 de marzo de 2016

DEL ANIMAL POLÍTICO AL SER HUMANO




"Agradeceré busquen siempre las cosas que les unen y dialoguen con serenidad y espíritu de justicia sobre aquellas que les separan, dijo Adolfo Suárez en agosto de 1969. Y en 1976, momento en que la sociedad española requería consenso entre los recién surgidos partidos políticos que debían redactar una Constitución, afirmó: Pertenezco por convicción y talante a una mayoría de ciudadanos que desea hablar un lenguaje moderado,  de concordia y conciliación”.


Ha transcurrido 40 años de aquello. El pasado día 2 de marzo sentada ante el televisor contemplaba el debate de la sesión de investidura de Pedro Sánchez en el Congreso de los Diputados. ¡Qué bochornoso espectáculo, que pésima imagen dieron nuestros políticos! Nadie escuchaba a nadie, no hubo diálogo, no existió un mínimo acuerdo. Como niños mal criados todo se redujo al “tú más” y al interminable machaconeo de pactar o no pactar: ¿Pactáis con nosotros? Vale, pero no pactéis con aquellos. ¿Y si pactamos con estos? No, ya han pactado con aquel. Yo con vosotros pactaría. Lo siento, no puede ser… En definitiva, inquina, controversia, desprecio, pugnas y el constante toma y daca de los pactos. Actitudes infantiles impropias de personas que tienen altas responsabilidades políticas, cuyo único empeño no debería ser otro que servir al bien social, al bien del país mirando al futuro, a la superación de esta crisis global –si es que se puede llamar crisis a este nuevo modelo social de subsistencia.


A nuestros políticos se les llena la boca con eso de: “los españoles quieren”, “los españoles nos piden”  Pero yo les pregunto: ¿En realidad tenéis idea de lo que queremos los españoles? ¿Prestáis siquiera un mínimo de atención en escuchar lo que la sociedad os está pidiendo? Estáis tan ofuscado los unos por alcanzar el poder y los otros por seguir aferrados a él, que se os olvida o no queréis acordaros (que va a ser eso) que la base, la raíz misma de la política no es otra que la búsqueda del bienestar social, pues vosotros estáis a nuestro servicio, no lo olvidéis. Nosotros os pagamos el sueldo.


Los resultados de vuestras reformas están a la vista: los bancos han recuperado la liquidez sobre un país desestabilizado y el paro ha disminuido gracias a un nuevo tipo de contrato basura. Si antes era todo por la patria ahora es todo por los bancos, ¡pero claro! a costa de empobrecer y endeudar a todo un país. Vivimos amparados –o más bien desamparados– por un demencial sistema financiero que se roba a sí mismo y que sólo castiga al pequeño infractor.

La proliferación de la corrupción política de nuestro país está alcanzando cotas verdaderamente escandalosas, que sin duda han puesto en jaque la reputación de la vieja clase política. En Madrid, por ejemplo, se juntan varias tramas de corrupción, también presente en Valencia que afectan al PP como son la Gürtel, los papeles de Bárcenas y la Operación Púnica. Por otro lado el caso de los ERES falsos en Andalucía (sin olvidar la operación Malaya). Las tramas de Palma Arena y Nóos, cuyos implicados más relevantes son la continua comidilla de los noticiarios: el presidente balear Jaume Matas, el exduque de Palma, Iñaki Urdangarin y la Infanta Cristina. Así como la gran corrupción de la familia Pujol-Ferrusola. Y eso sin tener en cuenta que todo lo que se ha descubierto sobre corrupción no es más que la punta del iceberg según los expertos. Este tsunami de corruptelas ha golpeado de tal manera la imagen de la clase política, que en solo unos meses se ha llegado a la total desconfianza y  desafección de los ciudadanos hacia nuestros gobernantes.
¿Qué credibilidad puede tener uno de estos políticos cuando repetidamente insta a sus ciudadanos a pagar religiosamente sus impuestos en tanto ellos mismos hacen la vista gorda ante sus amiguetes de partido? Como seres sociales que somos, dotados de raciocinio, es nuestra responsabilidad contribuir a un mundo más justo y equilibrado. El acaparamiento individual y la evasión de impuestos es propio de la mentalidad animal, que sólo vive para rivalizar, para saciar sus necesidades físicas e instintos territoriales, incapaz de profundizar hacia una percepción más amplia y constructiva de la existencia, de proyectarse a un nivel de conciencia superior donde predominan sentimientos mucho más desarrollados como la empatía, el afán de colaboración, el deseo de superación, y en definitiva, el respeto a los derechos humanos.
                                                             Maite García Romero



viernes, 24 de julio de 2015

QUE SE PROTEJAN TODOS LOS DERECHOS POR IGUAL


Creo que poner las cuestiones económicas y financieras por delante de las personas y sus derechos, como se viene haciendo, es algo completamente inmoral. Los derechos humanos no pueden estar condicionados por las dispuestas partidistas carentes de ninguna aptitud de miras. Si deseamos un mundo en paz, socialmente justo y económicamente sostenible y respetuoso con el medio ambiente propongo, como otras muchas personas así como Amnistía Internacional, Greenpeace y Oxfam Intermón, que se reforme la Constitución de manera que se protejan todos los derechos por igual, sin clases ni jerarquías para todas las personas.

La Constitución Española, y en particular su artículo 53, establecen un tratamiento y protección desigual e insuficiente de los derechos humanos, creando derechos de “primera” y de “segunda”, cuyas consecuencias recaen sobre la población, principalmente la más vulnerable, que se ve sometida a la falta de acceso a la vivienda, a la salud o a la degradación ambiental, sin poder reclamar estos derechos ante los tribunales.

Creo que después de 37 años de andadura va siendo hora de que la Constitución pueda fortalecer su capacidad como herramienta de protección de los derechos humanos, así como el derecho fundamental de la preservación del ecosistema y el derecho a la protección de la salud de todas las personas. Y esto es, por lógica, exigible directamente ante los tribunales.


                                                       Maite García Romero

domingo, 14 de junio de 2015

LA IGLESIA SOMOS TODOS

Intento entender los motivos, la particularidad que existe detrás de cada circunstancia, de cada acto, suceso o finalidad, sin enjuiciar, sin querer poner nombre, pasando más allá del concepto y de mi propio criterio, pero hay hechos en los que me cuesta. No puedo. Hace días me entero a través de los medios que el Cardenal Rouco Varela, expresidente de la Conferencia Episcopal Española (CEE), había llamado personalmente por teléfono a varios prelados españoles para disuadirlos de asistir el 24 de mayo a la beatificación del arzobispo salvadoreño, Oscar Arnulfo Romero, por considerar que se trataba de "una beatificación política" [es curioso que ante las masivas beatificaciones de religiosos fallecidos durante la guerra civil española que se ha venido produciendo, la última y más numerosa organizada por la CEE en Tarragona el 13 de octubre de 2013, en la que 522 religiosos del bando franquista fueron elevados a los altares, no las considerase de igual manera política, siendo tan selectivas y de un contenido ideológico tan evidente, ¿por qué?] Las presiones de Rouco surten efecto y se acata con la debida sumisión la orden. La única representación oficial del episcopado la ostentaría el secretario general, José María Gil.

El arzobispo Romero es un emblema. Un símbolo de la Iglesia altruista que apuesta por los pobres y da la vida por ellos (como literalmente la dio El 24 de marzo de 1980, cuando un francotirador de la extrema derecha salvadoreña lo asesinaba de un disparo en el corazón). "Yo estaba ciego. Estaba con los ricos. Me había olvidado que el evangelio nos pide estar al lado de los pobres", dijo Romero en una entrevista poco antes de ser asesinado. Después llegaría la masacre de Ellacuría y sus compañeros jesuitas, ante el silencio del Vaticano. Él encarnó y sigue encarnando como nadie, esa otra forma de ser Iglesia, arraigada en el Evangelio, en la justicia, en los Derechos Humanos.

Decía el pasado 14 de abril, Amadeo Rodríguez Magro, obispo de Plasencia durante la presentación de la instrucción pastoral sobre los catecismos del episcopado, titulada: “Custodiar, alimentar y promover la memoria de Jesucristo”, que en la sociedad occidental se está observando un incremento del "agnosticismo e indiferencia religiosa". Que "vivir la fe hoy es difícil y nos cuesta mucho, entre otras cosas, porque “a veces falla la transmisión de la fe en la familia”. Por su parte, el director del secretariado de la Subcomisión Episcopal de Catequesis, Juan Luis Martín Barrios, se preguntó "qué aporta la fe al hombre de hoy" para responder que "ayuda a vivir unificados frente a tanta dispersión; a vivir con hondura frente a tanta superficialidad y frivolidad; y a servir a los demás frente a tanto individualismo". Ante estas palabras me pregunté si la Conferencia Episcopal Española considera que ha sido y es consecuente con su cometido de “Custodiar, alimentar y promover la memoria de Jesucristo”, porque ¿en verdad cree este prelado que es en la familia donde falla la transmisión de la fe? ¿No se ha parado a pensar si ese incremento del "agnosticismo e indiferencia religiosa" no sea el resultado del incumplimiento cristiano que muestra una gran parte de la Iglesia? Si según el sacerdote Juan Luis Martín la fe aporta al hombre de hoy “ayuda para vivir unificados frente a tanta dispersión; vivir con hondura frente a tanta superficialidad y servir a los demás frente a tanto individualismo", ¿cómo se concibe que el cardenal Antonio María Rouco Varela expresidente de la CEE, esté dando un ejemplo tan escandaloso y patético al instalarse en ese súper ático de 370 m2, valorado en 1.200.000 euros y cuya reforma ha costado más de 400.000 euros a la diócesis madrileña?  ¿No es  un  escándalo para tantas familias golpeadas por la crisis? ¿No es un gesto demasiado alejado de la "Iglesia pobre y para los pobres" que predica el papa Francisco? Es increíble. No se puede entender este proceder, como tampoco la reacción que han tenido los obispos que lo han visto normal y lo han justificado.

No cabe la menor duda que especialmente desde que estalló la crisis económica, somos testigos de un movimiento extraordinario de generosidad y entrega por parte de muchos religiosos y seglares, dignos de tener en cuenta. Ahora bien, si estas personas están ofreciendo lo mejor de sus vidas para atender a quienes más sufren las consecuencias de la crisis, no se puede decir lo mismo de la Jerarquía de la Iglesia Católica Española. Una jerarquía fuera de honda, que lo único que le inquieta, al parecer, es el alejamiento de una sociedad que vive cambios culturales significativos. Esta brecha suelen justificarla, como siempre, echando mano de la pérdida de la fe, el relativismo moral y la degradación de las costumbres, cuando la realidad es que, en lo único que la CEE ha puesto énfasis ante el grave sufrimiento que aflige a tantas personas causado por la pobreza y la exclusión social, ha sido en justificar las políticas de recortes recomendando paciencia y comprensión. En ningún momento han hablado de justicia ni han sido capaces de posicionarse públicamente en contra de ese cruel atentado que es retirar de la sanidad a los inmigrantes ni han hecho ninguna llamada a la honestidad de los políticos, con todos los corruptos que están saliendo.
No dudo que la CEE tiene el deber de opinar de lo que nos atañe, es lógico. Pero que sólo opinen de lo que pasa de cintura para abajo: es completamente ilógico. Y los primeros traicionados por esta actitud de una jerarquía sorda a la realidad de un gran sector de la sociedad son, por supuesto, las organizaciones religiosas que trabajan cada día en las trincheras contra la exclusión social: inmigrantes, hambrientos, desahuciados, sin techo y enfermos. ¿Que son parte de la misma Iglesia? Sí. Que habitan universos paralelos, es evidente.
La imagen de una jerarquía eclesiástica estancada, avariciosa y prepotente, que se ha jactado siempre de ser mediadora entre el poder y la población; olvidando los votos de pobreza; ya no tiene lugar de ser en estos tiempos que corren. Creo que es fundamental que todos, seglares y religiosos, intentemos promover el diálogo si deseamos una Iglesia más cercana y un mundo mucho más humanitario y pacífico. Espero, que si la Conferencia Episcopal Española ha representado las opciones más reaccionarias de defensa de sus privilegios de poder político y sobre las conciencias, que ahora los nuevos dirigentes tiendan puentes de diálogos con las comunidades de base, movimientos apostólicos, de mujeres, de solidaridad, asociaciones de teólogos y teólogas, etc. Que apoyen la reforma de la Iglesia del papa Francisco; que caminen a su ritmo, que la apliquen a la realidad de los desafíos que plantea hoy la sociedad, acogiendo a todos los sectores que son excluidos: inmigrantes, homosexuales, transexuales, parejas de hecho, personas divorciadas y vueltas a casar, religiosos y religiosas en círculos públicos, etc. Como dice Francisco: La Iglesia somos todos.
Y todos tenemos el derecho a ser escuchado.                                                                           
                                                                        Maite García Romero